El premio más aclamado no se consigue sino hasta la muerte. Ver rostros llorosos, escuchar gemidos ardientes sin infundada razón, y, la cereza del pastel... Saber cuántos y sanos están riéndose a escondidas, con ironía o regalía, no obstante, duele saber que habrá inmutados, llegados directo al rincón o algún lugar apartado solo acompañar la procesión... Duele ver a la amante abrazar a su marido, oh, sí que huele.
El duelo de esgrima se cita en un callejón sin salida, se resigna en un superior anaquel, o, se atiza en la inferior postura de la tierra madre. Es tan perezoso el cuerpo, que duda a cada instante si debe bajar o subir para recibir su cosquilluda medalla. En el medio, ante machirulos y tezadas orquillas, ¡Cualquiera proscribe a los súbditos antes de su desvalije!
No es apremiante, ante todo, recoger el certificado. Aunque muchos se desesperan por conocer cuántos acumularon en el transcurso de sus pésimas vidas. Alilay... La mañana sobre la tira, ¡roba portaminas!