José de Jesús Camacho Medina

Narrativa \"Desgranando las huellas\"

Hoy me reencontré con Rubén, mi compañero y gran amigo de primaria. Sostuvimos una plática muy amena que duró casi una hora. De pronto, la calle se convirtió en una máquina del tiempo donde solo bastó nuestra memoria para traer de regreso al recreo de aquellos años de escuela. En ese lapso nos convertimos en dos “muchachos” demorados en el recuerdo.

Algunas personas miraban con asombro nuestra entusiasta conversación; éramos dos niños en el cuerpo de dos adultos, desgranando las huellas y ecos del pasado en algún rincón del universo.

Durante la conversación fue grato dejar a un lado las formalidades, los currículums y las ocupaciones; fue una charla muy humana y sincera, como cuando éramos niños: sin filtros, sin maquillaje, brotando desde la médula, desde donde germina lo que verdaderamente somos. No puedo negar que volvimos a caminar por los pasillos de nuestra infancia.

Las risas y el recuento de las anécdotas fueron una constante. Fue grato reencontrarme con mi buen amigo, recordar aquellos días en que el mundo era nuestro con solo intercambiar algunos tazos en algún salón de la Escuela Evolución o perseguir a alguien por el patio cívico.

Fue muy entrañable el encuentro. Me quedo con muchas cosas; entre ellas, una de las frases que me dijo casi al final de nuestra charla: “Nunca he experimentado la envidia; nunca se me ha dado eso”. Fue inevitable concluir que la luz alcanza para todos.

Hay personas a las que puedes dejar de ver durante años, pero cuando te las vuelves a encontrar, te sorprendes al descubrir que siguen emitiendo ese peculiar e incomparable brillo, que todo sigue en su lugar.

Me fui con una certeza extraña y, a la vez, hermosa: hay amistades que no envejecen.