Nada de bueno hay en relacionarse con un pez. Sus ojos lucen siempre como el vidrio escarlata de su corazón inerte; su cuerpo es tan resbaladizo que sus escamas acaban cortando los dedos sin ningún provecho. Sólo mira fijo balbuceando desde una burbuja desconsolada.
Fuera del agua es aun más frío, y suele moverse entre cualquiera que lo recoja del suelo húmedo por un rato, para terminar muriendo irremediablemente entre ese par de manos.
Mucho menos conviene relacionarse con el perfume de una flor. Lo sublime y protector que pueda parecer es solo la trampa escondida en su interior, y no está exento de permanecer siquiera en el intento fallido de olvidarlo. Cuando comienza a desaparecer deja tenue su hipocresía salpicada en notas de muerte y entre los vacíos de sus osmóforos.
Tuve que crearme un vínculo tácito al cual sujetarme con todas mis fuerzas, esas fuerzas que me inventé con tu pañuelo.
Su blanco sin ausencia y el camino lineal hasta tu nombre es el único capaz de confortar los gritos que ya no se oyen; se acerca a los labios lo suficiente para callar esa sal que punza. Podría detener el dolor con su textura ríspida acariciando suavemente desde mis ojos cerrados, bajando por la paz perdida de mi garganta y el fuego que ha consumido mi pecho.
Ni el pez, ni la flor te sobrevivieron.
Un jirón de tela siendo capaz de emularte una y otra vez…
“Hazme un lugar ahí donde has entrado,
y no me dejes ir jamás…
Yamel Murillo
Des-certidumbres
D.R 2017