He visto el lánguido cielo
en un espejo rebelde,
donde se miran mis sueños
antes de morir la tarde.
Es, como un plácido espacio
en el que se ven verdades.
Esas que todos callamos.
Esas que no cuenta nadie.
Por él caminan las almas
enterrando obscenidades,
y van plantando sobre ellas,
semillas de claridades.
Allí encontré dos clepsidras,
una chica, y otra grande.
La chica, cuenta las risas,
los llantos van a la grande.
Y en un lagar de uvas frescas,
un querubín de pies breves,
ejecutaba una danza
con ritmo de miserere.