Eleva mi espíritu sobre la bóveda catedralicia,
lo que era deleite y gozo son ahora excresencias.
Sin mundo ni Demonio queda la carne;
me basto a mí mismo para condenarme.
Señor: ¿a quién he de acudir aun herido?
Yo mismo me he zaherido.
El hermoso templo que construiste con ahínco;
me he esforzado por destruirlo.
Veo en el cielo los rieles de tus mandamientos,
y es aquí en donde surge la disonancia cognitiva:
supuestamente soy bueno haciendo cosas abominables;
y del pecado he comido; soy execrable.
Quisiera, oh, Señor, justificarme;
pero sé que mal he hecho y que mi semejante sufre.
No soy nadie para justipreciar mis acciones;
pero aun así te pido, oh Padre, no me abandones.
Me falta tu Cuerpo, no he comido en meses;
me falta la devoción por tu Madre como cuando era niño.
De la supuesta teología aprendida me es como ceniza:
llevo la marca, pero no sé qué hacer con ella.
Tengo miedo, mi Señor; me atormentan los réprobos,
tanto de hacer el bien como de hacer el mal.
De seguro me vomitarás, y de ti me apartarás;
más yo te suplico, mi Rey celestial, el suplicio purgatorio.
En mi cuasi petrificado corazón yace un exiguo latido;
que añora tu presencia y teme al castigo.
Pero la poca fe que tengo, aquel hilo de araña me da esperanza;
con todas mis fuerzas me aferro, a esa pequeña vela entre obscuridad y tormentas.
Cubro con mi mano la llama, no me calienta, pero la protejo;
¿qué haré si por fin se apaga?
Los soliloquios cristianos son entelequias para los psicólogos modernos;
mi generación y consecutivas se apartan de ti:
todo es crapulencia, individualismo y miseria.
Uno es señalado, como el loco de la lumbrera.
Por cada clavo, cada humillación;
por todo lo que sufriste, mi Señor.
Apiádate de mí, perdóname y ayúdame a cumplir;
a pagar todo aquello que, de seguro, no pagaré por morir.
Escucho tu voz, mi pecado la ensordece y distorsiona;
pero me aferro a la cruz, como niño a su madre.
Aun en el pecado clamo tu nombre,
por tu divina misericordia, permíteme salvarme.
Para mayor gloria de Dios.