Vienen las horas a castigar mi pereza; soy un hombre que ama los silencios y lo inocuo que puede ser el destino. Busco el río que vuelve eternos a los hombres, no por la causa en sí, sino por el riesgo de la odisea en un mundo cuadrado y serpenteante, ágil y audaz. Soy la piedra que se quedó inmóvil ante la rotación del universo, soy la esfinge, el átomo que transmuta indefinidamente, hombre con alas y voz de gato. Yo, fulano de tal, hago saber a esta permanencia terrenal que mi materialidad no sigue las estrictas normas de la creación y que he soñado el sueño de las libélulas y nada más.