Huele la memoria
a hogar encendido
al caer la tarde,
a pan tibio
en la boca del aire,
a brasas que todavía guardan
el calor de unas manos dormidas,
El café de sus pupilas,
ascuas que acurrucan
la herida desnuda,
arden despacio
como tierra fértil
después de la lluvia.
Y es que su recuerdo
no irrumpe,
acoge,
se abre lentamente
como un pecho
donde el cansancio
tiende a acomodarse
la luz
se queda tenue
y aprende a acompañar
las penumbras no ocultan,
guardan el calor
de lo que aún respira,
y el silencio se toca
en gestos mínimos,
Pasea la añoranza
por el arco de la espalda
curvándose despacio
al peso exacto
de un abrazo,
en el temblor sereno
con que el deseo recuerda
cómo volver
a ser ternura,
ternura que honda
se respira
como perfume de aurora
deslizándose en la piel,
y es que sabe su lírica
a fruta tropical,
a sirope de fresa
derritiéndose en la boca,
a labios que no regresan
y aun así permanecen,
mientras la piel, la suya,
es orilla y sal,
agua de mar
que se escapa entre los dedos,
y su mirada,
océano sin fondo,
lenguaje secreto
que prende su fuego
un fuego suave
incendiando el aire,
y vuelve la memoria
a oler a hogar encendido
al arrebol de la tarde.
La 💙 Gitana