Durante un par de años
le dejé el periódico cada día,
siempre igual.
Puerta sin cerrar del todo,
un golpe suave.
—Buenos días. Aquí le dejo la prensa.
Él asentía desde el salón, sin levantarse.
Hablaba poco.
Lo justo.
En Navidad cambiaba algo.
Una botella de cava.
A veces sidra.
—Por todo el año— decía.
Y volvía a su sitio.
Su mujer
casi nunca salía de la habitación.
Sabía que estaba ahí,
como se saben ciertas cosas,
sin necesidad de verlas.
Un día entré como siempre,
pero la casa no estaba en su sitio.
Venía de la cocina.
Él la abrazaba por detrás,
despacio,
con cuidado,
como si no quedara margen
para repetir la escena.
No dijeron nada.
Yo tampoco.
Dejé el periódico en la mesa
y me despedí casi sin voz.
A los pocos días,
la casa se quedó en silencio.
Desde entonces, cuando pienso en él,
recuerdo cómo me miró…
sin soltarla.