La ciudad ruge tras los sauces,
pero su oleaje de bocinas se estrella y se deshace
antes de tocar la orilla de este reino.
Aquí el tiempo es de agua.
Observo a los patos:
pequeñas naves de pluma y calma
que trazan surcos de plata en el espejo del lago,
ajenos a las agendas y al acero,
capitanes de un viaje que solo busca el presente.
A mi lado, otros náufragos del asfalto:
la cofradía de los que sueñan dentro del insomnio.
Compartimos este rito de quietud,
cuerpos que se rinden al césped
y dedos que sostienen libros como si fueran anclas.
A veces, el peso del mundo se olvida
y una antología deslizándose de las manos,
cuan pájaro de papel que busca el suelo
respira profundo, y el sueño gana la partida.
No importa.
En este banco, caerse no es hundirse,
es flotar en la pausa.
Es dejar que la ciudad nos busque y no nos halle,
porque estamos ocupados siendo parte del paisaje,
navegando inmóviles
en el único rincón donde el alma no tiene prisa.
¡Con el aliento de la tarde, me dejo llevar por la rima!