Juan Iscar

Covid 19

Huyo del crepitar del fuego que se inicia en mí.
Las llamas trémulas proyectan sombras difusas
en los obsesivos pensamientos confinados
y en los extensos campos del futuro.
¿Dónde ir si el lugar está en mi interior?.
¿Dónde, si camino en la inseguridad y el miedo?.
Las sombras brotan del alma
y se adueñan de la realidad que me habita.
Esferas micrométricas se multiplican
en la intimidad de las células ciegas
llenas de conocimiento y memoria
con un único y obsesivo objetivo:
repetirse en serie geométrica indefinida
hasta agotar la materia que las construye
exterminando al ser vivo que soy.
No hay otro propósito más allá
de su existir azaroso y estocástico.
Puede haber sido urdido
para una guerra global del enemigo invisible,
o ser una excrecencia sádica del pangolín chino,
o la pandemia inesperada purificadora del XXI,
una más de las que asolaron el mundo,
cambiaron costumbres y marcaron culturas.
Se adueña del tejido conjuntivo
y crea la enfermedad sistémica tiránica
que asola la atmósfera de esperanza.
Un aire tibio rodea la piel y, sin embargo,
una red de escalofríos cortantes
y nervaduras como denteras irreprimibles
me asfixia machaconamente hasta la angustia.
Invisible entra por los ojos.
Inodoro flota en micelas por el aire,
aerosol ambientador de la estancia,
hasta hallar el huésped adecuado.
Impalpable y las manos lo distribuyen
en todos lugares frecuentados.
Inaudible hará gritar a las células invadidas
en alarido de aniquilamiento inacabable.
Un torrente devastador de citoquinas
hinchará bajo este dolor ubicuo
cada esquina y rincón del cuerpo indefenso
en su agotadora lucha por protegerse.
Cierro los ojos para no ver;
les abro para no sentir
en el inútil intento de vivir lúcido,
y alejar de mí este respirar ansioso
en cada instante efímero que me desgarra.
La vida transpira la piel y se abandona
pacientemente en el intento de estar.
Sé que podré volver al respirar inconsciente,
a creerme vivo, aunque para siempre
del mal recuerdo en las secuelas huya.