Una fecha de caducidad andante,
consciente de que el tiempo
nos muestra la frescura que ha de perderse.
En el transcurrir de las estaciones
aquel envase de vida
va espirando silenciosamente
en un lugar de la despensa.
Hemos de mirar los datos de caducidad
con naturalidad,
casi con indiferencia;
son parte inevitable del orden de las cosas.
Llevamos tatuados debajo de la piel
el código de barra,
también troquelados en los huesos;
casi imperceptibles pero implacables.
La naturaleza en su sabiduría evolutiva,
no concibe individuos eternos;
opera por ciclos de reemplazos,
por renovaciones constantes.
Cada generación
empuja a la anterior
fuera del tablero de vida,
solo por necesidad.
La evolución exige cambios,
mutaciones en el esquema
de senescencia programada.
Somos eslabones temporales,
piezas de cambio
diseñadas para cumplir una función
y más tarde desaparecer.
Aceptar la cercanía perpetua de la muerte
es el único camino para vivir con intensidad.
Cuando el último día llegue
no nos consolará haber acumulado años,
sino haberlos transitados
con nuestra pequeñez y grandeza efímera.
Nuestra perpetua angustia
será saber si cada bocado
de esta breve vida
ha tenido realmente sabor.
10-05-2026
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