¡Oh, espíritus de jóvenes marineros!
Atadme como antaño hicisteis con Ulises.
Que la cera de fuego selle mis oídos;
amarrad también vuestra soberbia al mástil.
Una tormenta amanece, negra y ciega,
en el mar de las pasiones,
mientras las sirenas cantan, embelesando.
¡Cuántos encantos nos acechan con su dulzura!
A lo lejos, ¡tierra! Salvemos nuestras almas.
«¡Resistid!», es el grito desesperado del Creador.
Un sol apaga a la luna, cómplice de la sinrazón.
Enderezad el timón que intenta gobernarse solo;
mantened el temple ante el canto de las nereidas.
Dejad que pase, ajenos al encanto;
marineros, soltad todo el orgullo:
pisad y bendecid suelo de Ítaca.