La cama continúa junto a la ventana,
en el rincón donde la tarde se demora
como si todavía esperara escuchar su voz
atravesando despacio la casa.
Nadie duerme ya en ella.
Y, sin embargo,
hay días en que parece arrugarse apenas,
movida no por el aire,
sino por esa forma invisible que tienen los recuerdos
de regresar cuando menos son llamados.
Desde que ella se fue,
su habitación ha aprendido otro silencio.
No un silencio vacío,
sino ese que dejan las personas buenas
cuando han sabido repartir su vida
en gestos tan sencillos
que tardamos años en comprender su verdadero valor.
Ahora ese espacio guarda su ausencia
igual que un árbol conserva, bajo la corteza,
la huella de una rama perdida.
Sobre los dibujos de la colcha
todavía parece descansar la forma de sus manos,
la paciencia con la que doblaba la ropa,
la serenidad de sus pasos,
su manera de escuchar a los demás
como quien ofrece refugio
sin necesidad de pronunciar grandes palabras.
Cuántas tardes permaneció allí,
con su mente ocupada en la sopa de letras,
y el lápiz detenido entre sus manos
mientras la luz del verano descendía lentamente
sobre las persianas de la ventana,
y el rumor lejano de la calle
entraba en la casa
mezclando ruidos y voces de vecinos.
A veces sostenía un abanico entre las manos.
Otras, simplemente miraba en silencio
como si supiera algo del tiempo
que los demás todavía ignorábamos.
Porque hay personas
que no desaparecen del todo cuando fallecen.
Permanecen en las pequeñas cosas:
en una nota escrita con su letra,
en el olor limpio de su bata colgada,
en una fotografía que mira desde la pared,
o en esa costumbre de preguntar siempre por los demás
antes de hablar de uno mismo.
Así era Isabel.
Y ahora comprendo
que cada recuerdo suyo,
es un regalo que se recibe,
no para entristecer la casa,
sino para iluminarla de otro modo.
Como esas tardes de invierno
en la que una rendija de sol
atraviesa la habitación silenciosa
y va a detenerse justamente
sobre un objeto olvidado,
haciéndolo regresar por un instante
a la vida.
Su cama sabe algo de eso.
Está en el mismo sitio.
Porque hay ausencias
que necesitan conservar intacto el lugar
donde todavía continúan respirando.
Y algunas noches,
cuando todo calla
y el cansancio del día comienza a sentirse,
parece escucharse aún
el leve crujido de la madera en la penumbra.
Entonces no hay que sentir tristeza.
Solo sentir gratitud.
Porque existen personas capaces de dejar,
incluso después de marcharse,
una forma más humana de mirar la vida.
Y porque mientras alguien
recuerde con amor su nombre,
la casa volverá a llenarse lentamente
de esa calma suya
que todavía permanece entre nosotros,
como una luz que no termina de apagarse,
que se niega a abandonar del todo el hogar.
José Antonio Artés Sánchez