Acompáñame, soledad,
no abandones hoy mi lado;
que me siento derrotado
y naufraga mi verdad.
Nada enfría el corazón
como un sueño malherido;
por querer lo no vivido
perdí norte y dirección.
Camina lenta conmigo,
no apresures mi caída;
que cuando la fe se olvida
todo pierde su sentido.
Mientras avanzo, iré tejiendo
con silencios y desvelos
una sombra para el duelo.
Y dejaré, mientras escribo,
con mi pulso estremecido,
la memoria de lo herido.
Sé refugio y compañía
cuando arrecie el desconsuelo;
guarda en calma este desvelo
hasta el alba de la alegría.
Y cuando el dolor vencido
deje en paz este corazón,
te irás... calladamente,
sin ruido,
como se aleja el olvido.