MCR20

Tareas a las que nadie me convocó

Perdí la cabeza
por esas cejas.

 

Bellas,
como si no supieran.

 

Estaba encantado.

 

Y si mi castigo
hubiera sido contar
uno a uno
tus cabellos castaños,

 

los habría contado por días,
repitiendo cada número
para no confundirme.

 

Como una tarea importante:
tediosa,
rigurosa,
pero emocionante.

 

Pasaron los días
y mi cariño,
tan loco,
entendió que tal vez
esa tarea
nunca llegaría:

 

amarte,
cuidar lo correspondido,
quedarme
donde también me esperaran.

 

Pero fui iluso,
como quien quiere salvar el mundo,
quitar injusticias,
reparar lo que nadie le encargó.

 

¿Y quién te pide
que seas tú
quien lo haga?

 

Tus cejas y tus ojos,
perfectos como siempre.

 

Tu cabello castaño,
bello,
bello.

 

Y así también el mundo:
uno cree que se cae a pedazos,
pero insiste
en querer salvarlo.

 

Quién me manda
a meterme
en lo que no me toca.

 

Quién me pidió
aferrarme a ese sueño.

 

Por ahora renuncié.
O eso creo.

 

Aunque sigo empeñado
en sumarme
a otras tareas
a las que tampoco
me convocaron:

 

hacer más bonito el mundo,
más tranquilo el camino,
menos pesada la vida.

 

Porque buscar siempre
lo recíproco
es pedirle a la existencia
que sea justa.

 

Y la existencia
no vino a serlo.