A lo largo de una vasta llanura se extendía un trigal que danzaba suavemente al compás de la brisa. Durante el día, el sol las espigas de oro, y al atardecer susurraban entre sí con un apacible murmullo.
En el centro del trigal se alzaba una figura que infundía temor a todas las aves: Un viejo espantapájaros de sombrero negro y chaqueta raída, con los brazos abiertos como si pretendiera atrapar el cielo. Cuando el viento soplaba, sus mangas vacías se agitaban de un lado a otro, y los jilgueros, los cuervos y las tórtolas evitaban entrar al trigal.
Una tarde llegó hasta allí un pequeño gorrión de plumaje gris y alas cansadas. Llevaba días buscando alimento, pues el verano había sido seco y apenas encontraba insectos o semillas entre la polvorienta tierra y los desiertos caminos. Posado sobre el madero de una cerca observó el trigal. El viento hacía ondular las espigas cargadas de grano y sintió una punzada en el estómago.
El pequeño pájaro tragó saliva y dio un par de saltos laterales sobre el madero. Había oído hablar a las demás aves sobre el espectral vigilante del trigal y sintió como el miedo le erizaba las plumas. Estaba a punto de desfallecer y necesitaba comer algo de manera urgente, pero el miedo superaba al hambre y no se atrevía a acercarse al trigo, así que decidió cambiar de posición con la idea de acercarse al alimento por la espalda del espantapájaros.
Desplegó sus cansadas alas para levantar el vuelo, y cuando planeaba sobre el trigal, se dio de bruces contra un cable eléctrico y cayó desplomado junto al espantapájaros. Intentó escabullirse rápidamente, pero con el golpe se había roto un ala y el miedo le paralizaba las patas. Durante unos instantes permaneció agachado, sin atreverse a levantar la cabeza para mirar hacia arriba, esperando que aquel centinela inmutable se avalanzase sobre él.
Pasaron varias horas hasta que el gorrión comprendió que el espantapájaros era inofensivo, y fue entonces cuando comenzó a picotear los primeros granos de trigo. Una vez saciada el hambre y superado el hambre, otro temor comenzó a acosarlo. Sabía que en su estado, era una presa fácil para el gavilán o para algún zorro. Tendrían que pasar varios días para entender que junto al espantapájaros estaba a salvo, pues no le faltaría la comida y los depredadores también temían acercarse.