Ignorábamos lo que sucedía afuera,
las luces blancas hostiles a los ojos
el sol que sin clemencia
levantaba aromas de sudor quemado.
Entonces era un mediodía ya pesado
tras las máquinas que lentas consentían
apenadas sonrisas, obsesión productiva
frente de esos dos cristales de negado paraíso.
Como tenemos que comer para seguir con vida,
fuiste sacando un mazapán de tu pequeña bolsa en el abrigo;
y plena de sonrisas indulgentes
me ofreciste una porción clandestina...
Eras un felino preciso y afelpado,
entre tus uñas y tus tibias almohadillas
pellizcabas el delgado envoltorio,
una esquina a otra,
luego los dedos recorriendo la mínima forma
del celofán crujiente.
Como una lluvia tenue bajo el cielo lila
siseaba el plástico tieso y colapsado,
y en el aire, como un pistilo de harina,
entre los centímetros injustos
separando tus manos de las mías
se alzaba un leve aliento
de dulce y cacahuate.
Con esas gentiles torpezas
que tú tan solo me conoces,
fui acercando mis zarpas de bigotes montañescos,
y el pequeño mazapán de diez pesos
fue cayendo en un diluvio de vergüenzas terrosas.
Desamparadas migajas que tus manos acunaron
como se duerme a un niño febril cuando regresa de la escuela,
¡Ay esa pena infantil que se reía en mis mejillas!
entre los frágiles silencios de la sala iluminada
las alas de tu moño se caían como párpados con sueño.
Como tenemos que comer para seguir con vida,
nos fuimos repartiendo cuidadosos el polvo y el fragmento.
Entonces era un mediodía ya ligero,
entonces eras un gato tibio ronroneando;
es aquel pasado ya una hambruna sonriente
pero el presente sabe
a mazapán quebrado...