Carlos Leyva

El mazapán

Ignorábamos lo que sucedía afuera,

las luces blancas hostiles a los ojos

el sol que sin clemencia

levantaba aromas de sudor quemado.

 

Entonces era un mediodía ya pesado

tras las máquinas que lentas consentían

apenadas sonrisas, obsesión productiva

frente de esos dos cristales de negado paraíso. 

 

Como tenemos que comer para seguir con vida,

fuiste sacando un mazapán de tu pequeña bolsa en el abrigo;

y plena de sonrisas indulgentes

me ofreciste una porción clandestina... 

 

Eras un felino preciso y afelpado,

entre tus uñas y tus tibias almohadillas

pellizcabas el delgado envoltorio,

una esquina a otra,

luego los dedos recorriendo la mínima forma 

del celofán crujiente.

 

Como una lluvia tenue bajo el cielo lila

siseaba el plástico tieso y colapsado,

y en el aire, como un pistilo de harina,

entre los centímetros injustos

separando tus manos de las mías 

se alzaba un leve aliento

de dulce y cacahuate. 

 

Con esas gentiles torpezas 

que tú tan solo me conoces,

fui acercando mis zarpas de bigotes montañescos,

y el pequeño mazapán de diez pesos

fue cayendo en un diluvio de vergüenzas terrosas.

 

Desamparadas migajas que tus manos acunaron

como se duerme a un niño febril cuando regresa de la escuela,

¡Ay esa pena infantil que se reía en mis mejillas!

entre los frágiles silencios de la sala iluminada

las alas de tu moño se caían como párpados con sueño.

 

Como tenemos que comer para seguir con vida,

nos fuimos repartiendo cuidadosos el polvo y el fragmento.

Entonces era un mediodía ya ligero,

entonces eras un gato tibio ronroneando;

es aquel pasado ya una hambruna sonriente

pero el presente sabe 

                               a mazapán quebrado...