La mentira
encarna, encarna, encarna.
Se infiltra en el cartílago, se vuelve nudo,
coloniza el músculo con la paciencia de la hiedra.
No es un suceso, es una sustancia:
la arquitectura del \"parecer\" suplantando al \"ser\".
El corazón
late, late, late.
Pero es un pulso mecánico, un metrónomo de sombras.
Late para sostener el disfraz, no la vida;
una percusión hueca que resuena en un pecho
que ha olvidado el calor de lo cierto.
La piel se enfría, se enfría, se enfría.
Es el rigor de la estatua, la escarcha del mito.
Sin la hoguera de la verdad, la frontera se apaga;
nos volvemos mármol táctil, pero deshabitado,
un mapa de poros que ya no transpiran alma.
La mente escapa, escapa, escapa.
Como quien abandona un barco que se hunde en lo falso,
el pensamiento se desprende de su ancla de carne.
Cruza el umbral de lo tangible, buscando el aire puro,
hacia otra dimensión...
Allí donde el reflejo no engaña al espejo,
y la esencia, por fin, recupera su peso.
La verdad
nace, nace, nace.
Ya no encarna en la herida, sino en el aire;
un eco puro que no necesita cuerpo,
solo la libertad de haber dejado atrás...
la anatomía del engaño.
L.T.