Una voz sin voz se lanza al acecho de la noche.
La última antorcha del crepúsculo muriéndose de pena.
Una moneda sin nombre rozando el infinito, una herida absorta y boquiabierta
girando en silencio sobre los renglones gastados del tiempo.
El tiempo traza sus líneas. Un recuerdo bordado en el horizonte, mientras el sol
abre sus párpados
y sangra su luz sobre el mar, ese pequeño punto azul bajo las nubes.
Detrás del cielo arden las estrellas y un viento largo y lento reclama tu recuerdo constelado,
como si las sombras recorrieran las últimas millas de tu nombre.
Los planetas giran dentro de una gota negra. Flor eléctrica, voz sin voz:
mis ojos conservan todo tu rostro, aún te tengo en todas mis costumbres, No lo olvides.
Desde entonces todas las cosas tienen tu nombre y hasta los planetas vacíos
parecen girar alrededor de tu ausencia.
En alguna sombra los relojes respiran su cansancio de siglos
mientras los pájaros de acero atraviesan las ruinas del cielo y caen sobre un mar de silencio.
Los espejos invertidos derraman sus lágrimas de mármol sobre las escaleras del sueño,
y la luna reparte mis huesos entre animales hambrientos.
Al fin todo avanza sin prisa hacia el olvido: las ciudades, los nombres,
la secreta ceniza de los amaneceres y las tardes, las promesas vacías,
las fotografías enterradas en el barro del tiempo.
Y tu voz persiste como una campana líquida, sonando sin sonar bajo el agua de la noche,
como un segundo de vidrio atravesando la opacidad de mis horas.
A veces la oscuridad abre sus venas y los dioses apuestan sus galaxias enfermas
a un pedazo del mundo, mientras el incendio consume nuestras esperanzas vanas.
El silencio gira entre los astros y el universo se inclina sobre sí mismo,
y a un costado, a un costado estoy yo, último testigo de tu ausencia,
y culpable de quererte tanto. Ya no queda nada detrás de la noche.
Una cruz de durazno entre las manos.