Eduardo Villacal (seudónimo)

Una voz sin voz

Una voz sin voz se lanza al acecho de la noche.

La última antorcha del crepúsculo muriéndose de pena.

 

Una moneda sin nombre rozando el infinito, una herida absorta y boquiabierta
girando en silencio sobre los renglones gastados del tiempo.

 

El tiempo traza sus líneas. Un recuerdo bordado en el horizonte, mientras el sol

 abre sus párpados

y sangra su luz sobre el mar, ese pequeño punto azul bajo las nubes.

 

Detrás del cielo arden las estrellas y un viento largo y lento reclama tu recuerdo constelado,
como si las sombras recorrieran las últimas millas de tu nombre.

 

Los planetas giran dentro de una gota negra. Flor eléctrica, voz sin voz:

mis ojos conservan todo tu rostro, aún te tengo en todas mis costumbres, No lo olvides.

 

Desde entonces todas las cosas tienen tu nombre y hasta los planetas vacíos
parecen girar alrededor de tu ausencia.

 

En alguna sombra los relojes respiran su cansancio de siglos

mientras los pájaros de acero atraviesan las ruinas del cielo y caen sobre un mar de silencio.

 

Los espejos invertidos derraman sus lágrimas de mármol sobre las escaleras del sueño,
y la luna reparte mis huesos entre animales hambrientos.

 

Al fin todo avanza sin prisa hacia el olvido: las ciudades, los nombres,
la secreta ceniza de los amaneceres y las tardes, las promesas vacías,
las fotografías enterradas en el barro del tiempo.

 

Y tu voz persiste como una campana líquida, sonando sin sonar bajo el agua de la noche,
como un segundo de vidrio atravesando la opacidad de mis horas.

 

A veces la oscuridad abre sus venas y los dioses apuestan sus galaxias enfermas
a un pedazo del mundo, mientras el incendio consume nuestras esperanzas vanas.

 

El silencio gira entre los astros y el universo se inclina sobre sí mismo,
y a un costado, a un costado estoy yo, último testigo de tu ausencia,

y culpable de quererte tanto. Ya no queda nada detrás de la noche.

Una cruz de durazno entre las manos.