Hay mujeres que llegan jóvenes a la maternidad
y, aun así, parecen traer en las manos
una sabiduría que no se aprende en los libros,
sino en los días difíciles,
en las noches largas
y en todo aquello que una madre sostiene
aunque nadie lo vea.
Tú eres una de esas mujeres.
Te miro como madre
y hay algo que inevitablemente admiro:
esa forma tuya de permanecer,
de convertir el cansancio en ternura,
la preocupación en juego,
y los días pesados
en una infancia donde Adhara todavía puede reír.
Ella tiene dos años
y ya parece querer ordenar el universo.
Ama los coches,
habla con los animales como si todos debieran responderle,
se enoja con esa fuerza pequeña
de quien apenas descubre el mundo,
y luego pide disculpas
con una dulzura que solo nace
cuando una niña ha sido amada bien.
Cuando dice que quiere ser doctora como su mami,
pienso que quizá ya está aprendiendo
la primera medicina de todas:
la de cuidar con el alma.
Porque antes de cualquier bata,
antes de cualquier hospital,
antes de cualquier sueño,
ella te tiene a ti.
Y eso, aunque a veces no lo notes,
es un mundo entero.
Has atravesado cosas
que quizá muchos no conocen,
y aun así has hecho lo más difícil:
no permitir que tus heridas
le apaguen la luz a tu hija.
Adhara no sabe todavía
todo lo que una madre calla,
todo lo que una madre posterga,
todo lo que una madre entrega
para que una hija pueda crecer feliz.
Pero algún día lo sabrá.
Algún día entenderá
que su mundo no fue bonito por casualidad,
sino porque hubo una mujer joven, valiente y amorosa
que decidió poner ternura
donde la vida a veces puso peso.
También entiendo que tú vienes
de una raíz inmensa.
De una madre que supo resistir,
quedarse, sostener
y darte una posibilidad distinta de mundo.
Quizá por eso amas como amas:
con sacrificio antiguo
y ternura nueva;
con esa mezcla rara
de mujer fuerte
y corazón de hogar.
Hoy, en este Día de la Madre,
solo puedo decir que esta fecha
se volvió más especial desde que te conocí.
Ya no son cuatro nombres
los que admiro en silencio.
Ahora son seis.
Tú eres el quinto,
por la madre que eres.
Y tu origen es el sexto,
por la mujer que ayudó a formar
a esta madre luminosa
que hoy sostiene a Adhara.
Porque hay madres que no solo crían:
fundan un destino.
Y tú,
aunque quizá no siempre lo veas,
eres una de esas mujeres
que hacen sentir
que el amor de una madre
todavía puede salvar un mundo.