Los pasillos del supermercado
recorridos por luces blancas y ofensivas
y un aroma de carnes y pescado
mezclándose en los artificios naturales
del papel de baño.
En el destartalado carrito apoyo ambas manos
y camino, lento, por el pasillo de los cereales;
en la reja tengo ya una bolsa de avena,
una botella de Malbec,
y un tarrito pequeño de crema
de cacahuate.
Entonces me detengo para mirar la lista
o más bien para recordar la lista de compras,
y me doy cuenta que aún no llevo
los limones con los que siempre
acompañabas tu comida,
aún me faltan tus galletas,
el café del estudio.
Pero con lo que tengo
creo que ya es suficiente para una semana;
al final de cuentas mientras hayan
calorías suficientes
no importa que repita 7 veces la comida,
y aunque puedo permitirme leche orgánica,
huevos de rancho, ensalada fresca
esas cosas no corresponden
ni corresponderán al estómago
que nos llenábamos en aquel tiempo
tú y yo.