Me sentí tan diminuto.
Me reduje a cenizas.
Le expliqué con lágrimas,
con mocos y manos empuñadas,
que no me sabría comportar;
que me revolcaría
en nuestra cama de dolor,
frunciré el ceño
y me dirán amargado,
que desearía la muerte a la vida
y le temería a cualquier otra chica
que me recuerde tu abandono...
Pero ¡carajo!,
solo vio
un hombrecito débil
e inseguro.