A veces, el silencio no es ausencia,
sino una copa llena de ecos olvidados,
una red de hilos invisibles que sostienen
el peso del mundo cuando el aire se cansa.
Bajo la piel de las cosas, donde no llega el ojo,
hay u n latido de cuarzo y de raíces negras,
y allí, el tiempo no corre, se detiene para amar,
mientras el musgo escribe la historia de las rocas.
El viento,
un cartero ciego que busca direcciones perdidas,
la sombra,
el refugio donde la luz se quita los zapatos,
el olvido
la habitación con las ventanas abiertas al mar.
No busques la rima en el metal del trueno,
búscala en el roce del ala con la lluvia,
en ese espacio pequeño que queda entre dos besos
antes de que la boca se convierta en palabra.
Escribo esto para recoger los fragmentos
de un amor roto,
para intentar ver,
por un segundo, el rostro completo del cielo.
Todo pasa, el incendio, la ceniza, el invierno,
pero queda un rastro de polen en el pensamiento.
En este poema, algo sobrevive al naufragio,
esa pequeña luz que se niega a ser oscuridad.
¡No puede haber rima, cuando el amor reemplaza al desconsuelo!