Ese amor,
de paso lento y horizonte lejano,
iba danzando en las olas
de una cándida inventiva.
Creció, desbordándose,
solo para arrancar la flor
que entre el cemento,
frío y agrietado,
se atrevió a florecer.
Y por eso,
libre de todo reproche,
asumo el rastro...
asumo el rastro
de mi propia,
de mi propia e inocente ilusión.
Mi propia ilusión...
se atrevió a florecer.