Mari.o

HERALDO DE LA INTEMPERIE

HERALDO DE LA INTEMPERIE

[De la Calle de los Sueños] 

 

Vagaba entre calles y callejones con paso lerdo de quien padece el tiempo. Sin la necesidad de óbolo ni compasión de los transeúntes; su hambre era de otra índole. En sus dedos, ennegrecidos por el hollín y el grafito rescatado de los escombros, dormía el poder de la restauración. Se detenía ante las paredes desconchadas, allí donde la humedad dibujaba mapas de miseria. 

 

Cuando alguien pasaba con el rostro hundido en la pesadumbre de su propia insignificancia, el vagabundo preguntaba el nombre. Ante el susurro de un \"Pérez\" o un \"Guzmán\", el hombre se abalanzaba sobre el muro. Con trazos de una solemne caligrafía, comenzaba a urdir el milagro. No era una simple grafía lo que de sus dedos emamaba; eran volutas de tiza que imitaban la hiedra, florituras de carbón que recordaban los encajes de un milenario blasón. Las letras capitulares nacían del polvo, coronando el apellido con una nobleza que el Registro Civil jamás podría certificar. 

 

El transeúnte, acostumbrado a ser una cifra en la sociedad, se descubría de pronto deudo de un linaje luminoso. La alegría brotaba como un manantial en esos mapas de miseria. Al ver su nombre así [como el obrero que vió al mar que nunca conoció], escoltado por arabescos de luz sobre el ladrillo desnudo, el hombre erguía la columna y recordaba su dignidad. Era un regalo impensable: el vagabundo le otorgaba un escudo de armas para enfrentar la intemperie. Terminada la encomienda, nuestro amigo, el calígrafo de los olvidados, se disolvía en la sombra, dejando tras de sí una huella de tiza que la primera lluvia habría de borrar, pero que la memoria guardaría como un gran tesoro.