Eran esos años puros
de rodillas polvorientas,
cuando las tardes hambrientas
trepaban tapias y muros
mientras relojes oscuros
no sabían del abismo;
cada charco era un bautismo
y el barrio un reino encendido;
yo fui un dios recién nacido
bajo un sol de catecismo.
Bajo un sol de catecismo
corríamos las aceras,
robándole primaveras
al bostezo y al cinismo.
La vida era un mecanismo
de trompos, humo y canicas;
las muchachas, tan eléctricas,
nos quebraban la garganta,
mientras la luna en la planta
tendía trampas metálicas.
Tendía trampas metálicas
el tiempo sobre la esquina;
ya la memoria asesina
borraba voces simpáticas.
Las risas, antes acuáticas,
se volvieron sal y ruina;
uno murió en la cantina,
otro vendió su inocencia,
y hasta perdió la conciencia
su bicicleta divina.
Su bicicleta divina
hoy duerme bajo el hollín;
ya no queda aquel violín
que amanecía en la esquina.
El tiempo afila y domina,
corrige toda victoria;
es un ladrón sin historia
que falsifica el pasado,
dejando sólo un quemado
manuscrito en la memoria.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026