JUSTO ALDÚ

EL TIEMPO COMO TIRANO

Eran esos años puros

de rodillas polvorientas,

cuando las tardes hambrientas

trepaban tapias y muros

mientras relojes oscuros

no sabían del abismo;

cada charco era un bautismo

y el barrio un reino encendido;

yo fui un dios recién nacido

bajo un sol de catecismo.

 

Bajo un sol de catecismo

corríamos las aceras,

robándole primaveras

al bostezo y al cinismo.

La vida era un mecanismo

de trompos, humo y canicas;

las muchachas, tan eléctricas,

nos quebraban la garganta,

mientras la luna en la planta

tendía trampas metálicas.

 

Tendía trampas metálicas

el tiempo sobre la esquina;

ya la memoria asesina

borraba voces simpáticas.

Las risas, antes acuáticas,

se volvieron sal y ruina;

uno murió en la cantina,

otro vendió su inocencia,

y hasta perdió la conciencia

su bicicleta divina.

 

Su bicicleta divina

hoy duerme bajo el hollín;

ya no queda aquel violín

que amanecía en la esquina.

El tiempo afila y domina,

corrige toda victoria;

es un ladrón sin historia

que falsifica el pasado,

dejando sólo un quemado

manuscrito en la memoria.

 

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