Las ciudades archivan nuestros pasos,
guardándolos en la memoria cansada de las aceras,
en el cristal de los escaparates
donde se refleja la prisa de alguna manera,
la ceremonia matutina del café,
y esas ideas que pasan de largo
como autobuses que no nos llevan.
Yo caminaba así,
con el abrigo cerrado hasta el cuello
y una fatiga escondida en los bolsillos,
como quien aprende lentamente
a convivir con ciertas derrotas
que nunca hicieran ruido.
No quería que el pasado
ocupase demasiado espacio.
Hay recuerdos que envejecen mal,
que regresan a nuestro lado para no irse
con la confianza de los viejos amigos,
sin comprender que también el tiempo
debería saber despedirse.
Tampoco deseaba un futuro obediente,
una existencia dibujada en línea recta,
sin margen para el azar,
sin la posibilidad de torcer
la dirección de los días.
Porque, al final, la vida nos enseña
que, a veces, basta girar una calle,
doblarla despacio,
como quien modifica algún detalle
en la dirección de sus pensamientos
sin sospechar todavía que algo
puede cambiar en cualquier momento.
Y ya la vida deja de parecer costumbre.
Se abre una ventana inesperada
por donde entra otro aire,
otra forma de mirar la tarde.
Un ritmo distinto de caminar.
Y comprendemos, casi sin darnos cuenta,
que todavía existen lugares
donde el pasado no decide por nosotros,
mientras doblemos una esquina
capaz de cambiarnos la vida.
José Antonio Artés