El hombre contra el hombre en su porfía,
perdido en sí, con gala se engalana;
arrastra una heredad pesada y vana
en saco sucio, sin fondo y sin guía.
El egoísmo es una sombra fría,
orgullo vil, lejano del nirvana;
su propia luz se vuelve ya profana,
cree tener y nada queda al día.
La ira demente, ciega por veneno,
la arrogancia, un cristal ya fracturado
que en blanca alma acrecienta su hondo rastro.
Mas el dolor, con su rigor ajeno,
si el corazón lo acepta, ya templado,
transmuta el barro en luz, lo vuelve un astro.