El Cronista sin puerto

Déjà vu con la Diosa.

Te vi volver
como regresan ciertas catástrofes silenciosas:
sin anunciar ruina,
pero alterando la arquitectura del pulso.

Y ahí estabas otra vez,
bajo la liturgia azul de una pantalla,
cantando Diosa
con esa lentitud de incendio aprendido.

No sé qué pacto sostiene tu mirada
con las zonas más vulnerables de la memoria,
pero bastó un instante tuyo
para que Barranco volviera
como vuelve la sal a una herida antigua.

Entonces regresó la noche:

las avenidas húmedas respirando neón,
tu voz desplazándose despacio
como un animal hermoso dentro de la penumbra,
y yo fingiendo equilibrio frente al desastre.

Porque tú nunca pareciste del todo real.
No por la belleza —
la belleza es apenas una superficie—,
sino por esa forma tuya
de mirar a alguien
como si pudieras incendiarle la vida en silencio.

Por eso la canción te pertenece.
Porque hay mujeres
que no atraviesan el mundo:
lo modifican.

Y quizá nunca fuiste mía.
Tal vez sólo fui una pausa breve
en alguna madrugada de tu historia.

Pero todavía hay noches
en las que tu sombra vuelve
con olor a vértigo y gasolina.

Y algunas mujeres —como tú—
no parecen reales;
parecen una mala decisión
que uno agradecería repetir.