Quisiera un jardín con un cerezo
que elija por sí cuándo florecer,
y no por orden ajena o parecer
regale al mundo su rosado rezo.
Que dé a los pájaros abrigo y beso,
y deje a cada pétalo caer,
libre en el suelo, digno al perecer,
fundido en pasto, leve en su regreso.
No como flor cortada en cautiverio,
que adorna un vaso en muda penitencia,
sin culpa alguna y sin ningún misterio.
Mejor dejarlo abierto a la experiencia:
plantarlo afuera, sin más ministerio,
para que todos vean su inocencia.