José Luis Barrientos León

Inventario de una certeza

 

Ella no practica la ablución del agua bendita,

le basta con su piel, esa frontera de uso cotidiano,

para salvarse de los domingos y del frío.

 

No importa que le adjudiquen defectos.

Que le objeten los años y su figura.

No comprenden que ella es la única sustancia

que no admite análisis,

más verdad que la vida misma,

más rotunda que el polvo que nos nombra.

 

No gasta el tiempo en el azar de las margaritas;

se sabe fruta, pulpa,

tiempo que madura sin pedir permiso.

Y cuando llega,

con ese arrullo que es un cerco invisible,

mi orgullo se declara en quiebra,

la vergüenza firma su armisticio,

y yo me rindo ante su calor como un soldado cansado.

 

Me ató a su pecho, oficio de labriego,

para sembrar este amor en cada seno

con una sabiduría de labios que no mienten.

 

Pero es en el beso , ese incendio organizado,

donde la pasión deja de ser palabra

y se vuelve una geografía de carne,

un mapa donde mis labios pierden el norte

y encuentran, por fin, su único destino.