Lo llamo el relato.
Desde el día que entendí
que no era ella quien me hacía daño,
sino lo que yo necesitaba contarme.
Cada gesto mínimo se volvía promesa,
cada silencio encontraba sentido,
cada ausencia era una explicación
que me tranquilizaba lo justo
para seguir esperando.
No era lo que yo creía,
era miedo.
Miedo a soltar,
a aceptar que a veces nadie se va,
que somos nosotros los que nos quedamos donde ya no pasa nada.
Defendiendo ruinas,
poniéndole nombres bonitos al vacío.
El día que dejé de justificarla
y empecé a escucharme
entendí que no perdía nada.
Solo estaba llegando tarde a otro lugar.