Instantes que salvan el alma
No busco a alguien con quien dormir,
busco a alguien con quien soñar,
alguien que no le tema al silencio
ni a las madrugadas donde el alma
se queda despierta mirando recuerdos.
No busco manos perfectas,
ni promesas hechas de oro,
ni palabras aprendidas para enamorar.
Busco unos ojos donde pueda quedarme
sin sentirme extranjero,
una risa capaz de encender la lluvia
y una voz que convierta el cansancio
en un lugar seguro.
No quiero grandes cosas en mi vida,
porque he aprendido
que lo inmenso también puede romperse.
Prefiero lo pequeño,
lo sencillo,
esas cosas mínimas que nadie presume
pero que sostienen el corazón cuando tiembla.
Quiero domingos lentos,
café compartido en silencio,
una conversación eterna sobre tonterías,
caminar sin rumbo
mientras el mundo corre demasiado rápido.
Quiero una mirada cómplice
cuando todo salga mal,
un abrazo que no intente salvarme
pero sí quedarse conmigo en la tormenta.
Porque a veces el amor no consiste en rescatar,
sino en acompañar.
No necesito castillos,
ni viajes de fotografía perfecta,
ni una historia digna de películas.
Me basta una ventana abierta,
música suave en la distancia
y alguien dispuesto a escuchar
mis miedos más absurdos
sin burlarse de ellos.
Quiero construir recuerdos pequeños:
reírnos hasta llorar por algo insignificante,
pelearnos por qué canción poner primero,
dormirnos tarde hablando del futuro
como si todavía fuéramos niños
inventando mundos imposibles.
Porque la vida no siempre se vuelve grande
por lo extraordinario.
A veces se vuelve inmensa
cuando alguien recuerda cómo te gusta el café,
cuando te espera despierto,
cuando pregunta si llegaste bien,
cuando toma tu mano
sin que tengas que pedirlo.
No busco fuegos artificiales
que brillen un instante y desaparezcan.
Busco una luz tranquila,
de esas que permanecen encendidas
aunque afuera todo sea invierno.
Quiero alguien con quien compartir derrotas,
porque cualquiera aparece en los triunfos.
Alguien que se quede
cuando la tristeza pese demasiado
y el mundo parezca perder color.
No busco perfección.
La perfección es fría, distante, intocable.
Prefiero las grietas,
las cicatrices,
las historias difíciles
que enseñan a amar de verdad.
Quiero un amor que tenga humanidad,
que se equivoque,
que aprenda,
que vuelva,
que abrace fuerte después del miedo.
No necesito una vida llena de lujos;
quiero una vida llena de sentido.
Quiero pequeñas cosas
que hagan grande mi existencia:
las buenas noches sinceras,
las canciones dedicadas sin motivo,
las fotografías espontáneas,
las tardes simples que terminan siendo eternas.
Porque al final,
cuando el tiempo pase
y las cosas materiales pierdan nombre,
solo quedarán esos instantes diminutos
que un día nos salvaron el alma.
Y entonces entenderé
que tenía razón desde el principio:
que nunca necesité a alguien para dormir a mi lado,
sino a alguien capaz de soñar conmigo,
de mirar el horizonte
como si todavía hubiera esperanza,
de convertir lo cotidiano en milagro
y la rutina en refugio.
Alguien que tome mi mano
no para detener mi vuelo,
sino para volar conmigo.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2018.