A veces, cuando el silencio es tan vasto, la escritura es la única forma de volver a habitarnos:
Hoy me he percatado que la soledad de mi vida se ha traducido en un silencio herido,
silencios tan largos como el invierno para el mendigo,
tan hostiles como el incesante sol para el sediento,
y así, recorro mis días y mis noches, con absolutos silencios.
Camino como un fantasma que ha olvidado su nombre, entre libros y viejos escritos,
deslizándome sobre murmullos, lejanos, ajenos al latido del mundo.
La soledad, vieja compañera, me acompaña,
y es una muestra más del silencio que ocupa mi cuerpo como una sombra densa;
ahora ni la mente se atreve a romper ese incesante silencio,
ese vacío silente donde el tiempo se detiene a observar su propia nada.