la noche no es silencio:
es materia antigua girando en secreto.
Las estrellas no son luces fijas,
son hogueras que ya no existen
pero aún insisten en tocarnos.
El viento atraviesa el espacio
como si supiera que todo cae
aunque parezca quieto.
Y la tierra —pequeña, obstinada—
escucha el pulso de lo infinito
sin entenderlo del todo.
La luna no acaricia el río:
lo interroga desde una distancia de siglos,
como si ambos hubieran nacido
de la misma herida inicial.
Las hojas caen, sí,
pero también obedecen a una ley
que no tiene nombre humano:
una danza de gravedad y despedida.
Y en cada estrella
no hay deseo,
hay memoria en forma de luz tardía.
Lo que vemos ya ocurrió.
Lo que sentimos ya viajó.
Y sin embargo, aquí, en esta esquina del universo,
el corazón insiste en llamar belleza
a lo que es pura física
con vocación de misterio.
Y quizá ahí esté el duende verdadero:
en saber que el cosmos no nos mira…
pero nosotros, temblando,
le devolvemos la mirada.
Antonio Portillo Spinola ©️