Hay mujeres
que aprendieron a dormir
con un oído despierto.
Mujeres capaces de reconocer, en mitad de la noche,
si el hijo tiene fiebre
o solamente miedo.
Mujeres que alguna vez
se quedaron mirando una puerta
hasta escuchar el sonido de unos pasos.
Y entonces recién pudieron respirar.
Hay madres
que saben estirar el pan,
el dinero,
las horas
y la paciencia.
Madres que dijeron “no importa”
cuando sí importaba.
Que dijeron “estoy bien”
con los ojos llenos de cansancio.
Algunas envejecieron temprano.
No por los años.
Por las preocupaciones.
Porque hay hijos que duelen incluso estando vivos.
Y aun así
ellas siguen poniendo un plato en la mesa,
doblando ropa,
preguntando si ya llegaste,
como si el amor pudiera protegernos
de todo lo terrible.
Hay madres que guardan dibujos viejos,
zapatos pequeños,
cartas mal escritas
que nadie más entiende por qué no tiran.
Ellas sí saben.
Saben que hay cosas
que no vuelven nunca.
También están las otras.
Las que esperan una llamada
que jamás llega.
Las que todavía hablan bajito
cuando nombran a quien ya no está.
Las madres de la guerra.
De la distancia.
De los hospitales.
De las despedidas que nunca debieron existir.
Y las que cada mañana
miran a sus hijos perderse un poco
sin saber cómo traerlos de regreso.
Nadie aprende a sobrevivir a eso.
Pero ellas lo intentan.
Todos los días.
Y después están las lágrimas buenas.
Las que aparecen cuando una madre descubre
que el sacrificio sí floreció.
Cuando mira a sus hijos
y reconoce en ellos
algún gesto suyo:
la manera de reír,
de preocuparse por otros,
de quedarse hasta el final.
Debe ser extraño
verse viviendo otra vez
en el corazón de alguien más.
Quizá por eso
no existe cansancio más silencioso
ni amor más terco.
Porque una madre
es la única persona capaz
de quedarse manteniendo la luz
cuando todos los demás
ya se fueron.
Y tal vez crecer
consista en descubrir un día
que mamá también lloraba
cuando nadie la veía.
Feliz Día de las Madres.
—L.T.
5-7-2026