Hiciste bien en no quedarte.
Con la insistencia de un náufrago en la noche,
al filo de una lanza forjada por llorosos empeños,
apunté cada centímetro del espacio tiempo.
Es cierto que nos hemos ido para siempre
de aquel lugar nuestro.
Tu antes,
yo luego.
No quedaron más que puntuales árboles llorando luz de atardecer
a la misma hora,
en todos los eneros.
Y no sé porque guardo en mí una urgencia de hablarte,
después de todo aquello.
Las huidas se durmieron esperando advertencias que olvidaron tu nombre,
y la lluvia no abrigó nunca a otro primer beso.
En el camino solo quedan flechas redimidas,
acusaciones absueltas;
dolores aliviados por otros comienzos.
Las aves ya no se reúnen,
los secretos no buscan esconderse.
Fueron perdonadas nuestras manos,
que una vez se unieron.
Ahora es primavera,
solo primavera,
y yo no sé qué hacer
con los almendros.
Cuánto quise pedirte que no te fueras,
hacerte una casa sobre todas las respuestas,
debajo de las tablas en boca de insectos,
ergida encima de todos los maderos.
Pero fue entonces,
cuando germinó el olor a acero.
En todo lo nacido para enfrentarse,
y sobre el tumulto que traerían las palabras,
había llegado septiembre
llorando banderas blancas,
en el regazo de todas las horas
donde se mecían tus cabellos.
Reina de mi castillo de aire,
puerto de mis barcos encendidos a fuego de intentos.
Sin memoria de nosotros,
levantaré una bandera debajo de la hoja más pequeña,
que se hará amiga de todas las tristezas,
y así la verdad podrá salir dando gritos
de su prisión de hierro.
Ajena a la maldad de las cosas,
que siempre aprendieron a llegar a tiempo.