MatiasEmmanuel

El Juicio de las Tres Sombras

 

 

La Caída del Altar (La voz del desengaño)

 

Te sentaste en el trono que construimos con sangre y desvelo,

te coronamos con la gloria de los que no sabían mentir.

Pero el oro pesa más que el honor cuando se arrastra por el suelo,

y vendiste la llave del reino solo para verte subir.

 

Miro tus manos, ayer firmes, hoy manchadas de frío veneno,

has cambiado el abrazo del hermano por el aplauso del rival.

No hay gloria en la cima si has dejado el camino lleno de los cuerpos,

de aquellos que te salvaron del lodo inicial.

 

Mírate ahora, con tu corona de espinas de plástico y ceniza,

un rey sin súbditos, un eco que se ahoga en su propia mentira.

 

El Latido de la Rabia (La voz del fuego herido)

 

¿Pensaste que tu traición se quedaría sepultada en el lodo?

¿Que el silencio de nuestra ausencia te iba a dejar respirar?

Cavaste la fosa de tu orgullo pensando que lo tenías todo,

pero olvidaste que el fuego que encendiste te iba a terminar por quemar.

 

No hay perdón para el cobarde que apuñala por la espalda al guerrero,

para el que vende la fe de los suyos por un plato de falso poder.

Fuiste el Judas de nuestra mesa, el mendigo vestido de caballero,

y hoy te dejamos caer al abismo donde perteneces desde el ayer.

 

No llores ahora que la tormenta ruge sobre tu tejado de paja,

tú mismo firmaste tu sentencia el día que decidiste morder la mano.

 

El Veredicto Final (La voz de la sentencia)

 

El traidor no tiene patria, ni tumba, ni un nombre que recordar,

su destino es vagar como un perro viejo bajo la lluvia sin fin.

Hemos cerrado las puertas del templo, ya no hay vuelta atrás,

tu historia se borra del libro, tu música llega a su confín.

 

 

Quédate con tus monedas de cobre, con tu trono de naipes gastados,

mientras nosotros seguimos de pie, templados en el fuego del dolor.

Ya no nos duele tu espina; tus días de gloria han quedado enterrados,

y de tu sombra solo queda el desprecio de lo que un día fue valor.

 

Vete a la sombra, traidor, que la luz ya no te reconoce la cara...

Tu traición es tu propia condena, y la eternidad te va a salir muy cara.