¿Quién decidió
que debía existir precisamente aquí,
en esta conciencia equivocada,
en esta carne que piensa demasiado
y duerme tan poco?
27.03.96.
La fecha cae sobre mí
como una sentencia antigua,
como si el tiempo, antes de conocerme,
ya hubiese calculado mi desgaste.
Nacer fue eso:
entrar violentamente
en una maquinaria de horas,
heredar un nombre,
una respiración,
y esta absurda necesidad
de encontrar sentido
donde apenas hay repetición.
Porque existir
no se parece a la vida;
se parece más
a una larga explicación inconclusa.
Camino, hablo, amo a veces,
pero debajo de cada gesto
hay algo que se pudre lentamente:
la sospecha
de que el universo jamás tuvo intención
de respondernos.
Y aun así preguntamos.
Preguntamos como náufragos.
Como animales conscientes del abismo.
Como si el dolor fuese una forma inferior
de la filosofía.
Yo también pregunté.
Le pregunté a la noche por qué fui arrojado
a esta lucidez inútil,
por qué me fue dada esta mente
capaz de comprender la tragedia
pero incapaz de detenerla.
Nadie respondió.
Sólo el silencio,
ese idioma inmenso
donde terminan todas las teorías
y todos los cuerpos.
27.03.96.
Tal vez no fue un nacimiento,
sino la apertura de una herida temporal,
un error diminuto en la materia,
una conciencia más
condenada a observar cómo envejecen las cosas.
Y desde entonces
cargo conmigo este peso metafísico:
ser alguien,
cuando perfectamente pude
no haber sido nadie.