En el silencio de las mañanas,
soy yo quien me llama por mi nombre.
Soy yo…
y el niño de diez años
que nunca se fue.
Él me despierta
cuando el alma pesa,
me enseña a caminar
cuando pienso en detenerme.
Y yo sigo.
Con un corazón que ya se rompió,
con una historia que dolió —
pero que me construyó.
Yo sobreviví.
Y más que eso:
me convertí en quien soy.
Fui fuerza en el dolor,
valentía en el miedo,
refugio cuando no había hogar.
Caí —
pero nunca me quedé en el suelo.
Y hoy veo:
hay grandeza en mí.
En el hombre que siente,
que ama,
que insiste en creer.
Tengo un corazón gigante.
Y durante mucho tiempo
le entregué todo al mundo…
menos a mí.
Pero ahora no.
Ahora me elijo.
Me abrazo.
Me respeto.
Aprendo a amarme
con la misma intensidad
con la que siempre amé a los demás.
Llevo fe en los días difíciles,
resiliencia cuando todo falla,
y la certeza de que ya vencí antes.
Y volveré a vencer.
Porque dentro de mí
existe alguien que nunca se rindió.
Y yo lo abrazo.
Abrazo mi historia,
mis cicatrices,
mi verdad.
Y, en este camino,
reconozco el amor que me encontró.
Un amor que cuidó,
que creyó en mí
cuando yo mismo dudé.
Que sembró en mí
algo verdadero.
Y lo guardo.
Aunque hoy
los caminos sean otros,
lo que fue real permanece.
Y existe en mí
un deseo sereno:
reencontrarnos otra vez.
No como promesa,
no como un futuro escrito —
sino como algo que merece suceder.
Hablamos de eso.
Con respeto,
con verdad,
con el deseo de volver a vernos.
Sin prisa.
Sin forzar nada.
Simplemente permitiendo.
Porque hay encuentros
que no piden explicación —
piden presencia.
Y yo sigo.
Entero.
Más consciente.
Más mío.
Me elijo.
Me honro.
Me amo.
Y así, sigo listo
para vivir
todo aquello
que aún está por venir.