Ofrendarte podría los versos más puros,
como esos que el cielo escribe en su anhelo;
no nacen del pecho, sino del asombro,
siderales, en nidos de nubes y velo.
Has de saber que no calla mi pulso.
Mis palabras extienden su ruego encendido,
auriga de luz que al Señor se apresura:
el amor no fenece, solo muda el nido.
Así que alégrate,
que el tiempo es un náufrago que nunca espera.
Sigue tal como fuiste: espectral y callado,
mientras yo lo acoso para verte en tu esfera.
No muy lejos, las campanas celebran.
Un cortejo de sombras avanza en su calma,
y mi alma, dichosa, ya habita contigo.