Pienso en mí mismo como un reflejo
que a veces miente.
Hay días en los que me miro
y todo parece en su sitio,
como si hubiera aprendido por fin
a estar sin ruido.
La forma, el gesto,
la calma.
Todo encaja…
o eso parece.
Pero hay algo en la mirada
que no termina de quedarse,
una distancia que no sé explicar
aunque la reconozca.
Entonces lo entiendo.
No es que mienta del todo,
es que elige.
Se guarda lo que duele,
lo que incomoda,
lo que todavía no tiene forma.
Y me deja solo
con una versión que sí funciona.
Aunque a veces…
Simplemente me callo.
Y el reflejo lo ocupa todo.