Aquí comienza el umbral.
Atrás quedan los nombres.
Atrás el mundo tibio de los hombres.
Sólo permanecen el pan endurecido, el agua turbia y el cielo desplazando lentamente sus constelaciones sobre la arena interminable.
Las cuevas sudan humedad.
El desierto respira fuego.
La noche únicamente cambia la forma del tormento.
Más abajo.
Siempre más abajo.
Risas detrás de la piedra.
Susurros húmedos.
El sonido de uñas recorriendo la oscuridad.
Entonces la aparición:
Caderas perfectas.
Bocas demasiado rojas.
Piel blanca como vientres abiertos bajo la luna.
Belleza enferma.
Belleza creada para destruir.
Copas doradas rebosando vino espeso.
Frutas abiertas como carne viva.
Banquetes levantados en medio del vacío.
Y una voz:
Ven.
Aquí Dios no mira.
La lujuria arde incluso en la carne consumida por el ayuno.
El hambre convierte el deseo en fiebre.
La soledad vuelve obsceno hasta el recuerdo de una caricia.
Sólo un crucifijo frente a un desierto lleno de bocas.
Los demonios cambian de rostro constantemente.
Leones devorándose entre sí.
Serpientes anudadas alrededor de gargantas invisibles.
Alacranes naciendo desde las grietas de las cavernas.
Después formas peores:
Recuerdos.
Deseos.
La ilusión de compañía.
La sed deforma la realidad.
Las piedras parecen respirar.
Las sombras observan.
Las oraciones regresan convertidas en ecos deformes.
Ya no existe diferencia entre revelación y delirio.
El desierto vacía lentamente todo lo humano.
Primero la fuerza.
Después la identidad.
Finalmente el alma.
Y aun así algo permanece.
No virtud.
No pureza.
Mucho menos voluntad.
Porque la carne, abandonada a sí misma, terminaría besando la boca de todos los demonios.
Pero todavía queda algo suspendido en medio de aquella desolación sagrada.
Algo resistiendo mientras el infierno entero intenta abrirse paso.