Yull Eduardo

Sin título.

Fue nuestro mundo tan pequeño
y tan grande a la vez
que no alcanzamos a diferenciar
la distancia entre tú y yo.

Nuestro mundo sin bordes,
ni fronteras,
las barreras eran del amor,
no aquellas que te matan,
sino de aquellas inventadas
por besos tuyos.

Un mundo donde el revolucionario
puede expresar lo que siente
sin miedo a que lo callen,
un mundo donde no rige la injusticia
sino el sentido del amor,
el amor a la vida,
al mundo,
a ese “tú y yo”
sin encerrarnos en una burbuja,
como si el universo respirara en nosotros.

Como desastres naturales
entraste tú
a la región de mi vida,
¿desastres o bendiciones?
la gran incógnita
suspendida en más preguntas
que respuestas.

El huracán
que se lleva de paso
las tristezas del amor,
los nudos rotos
por amores que no existieron,
las promesas
que se quedaron suspendidas
en el aire.

Los vientos feroces
que desnudan el alma,
las brisas pasajeras
que convierten el pasado
enamorándose del amor,
aquello que existió
y que fue dado
por coincidencias
casi metafísicas.

Eras la sequía
pero también la lluvia,
la sequía anunciada
después de la lluvia,
la sequía donde moríamos de amor
si no eras tú
quien hacía llover.

Pues cada gesto tuyo
hacía tambalear
a los unos y mil dioses
que habitaban en la tierra,
y lo humano
se volvía poco
dentro de tu mirada.

Más que palabras
son declaraciones elocuentes
que la guerra no ha terminado,
ni terminará.

La llama del amor
no se apaga con agua,
ni con jugar a ser dioses,
a la final
es nuestra pertenencia ambigua
del ser humano.

Declaraciones de amor,
porque no se esconden amores
en palabras cortas
o en palabras largas,
se abren
con cada impulso,
cada latido
de nuestro corazón
que brota esperanzas reales.

Y atendimos
que perdernos no era amor,
amor era vernos a la cara
y que tu mirada
y tus pupilas
deletrearan mi nombre.

La ciudad era más de nosotros
que de quienes la habitaban,
cada rincón
alardeaba historias de amor
que se contaban
entre chisme
y puerta a puerta.

Rincones de relaciones fallidas,
rincones que mañana
cantarán nuestros nombres,
y aquellas bancas de los parques
donde solíamos estar.

A la final
llegamos a esta última página
donde Dios nos regala
un espacio en blanco.

En blanco
porque de la nada quedó todo,
quedé yo en ti
y tú en mí.

Sin título
porque supiste que amor
es entregarse
y perderme en tu mirada.

Sin título,
pero con un amargo adiós.

Encender la chispa del amor
en tiempos de sequía
es una declaración de muerte.