Hay amores que no terminan,
solo aprenden a esconderse
entre las grietas del tiempo,
como lluvia vieja que se queda
impregnada en la memoria de las paredes.
Así te llevo.
Como quien carga una herida
que no quiere cerrar del todo,
porque aunque duele,
es la única prueba
de que alguna vez sintió la vida arder.
Fuiste incendio y refugio,
la calma después de todas mis tormentas
y también la tormenta
que arrasó con todo lo que creía seguro.
Contigo aprendí
que el amor puede tener sabor a cielo
y, al mismo tiempo,
el filo exacto de una despedida.
Todavía recuerdo
la forma en que tus ojos me miraban,
como si en ellos cupiera el universo entero
y yo fuera suficiente
para llenarlo.
Recuerdo tus manos,
esa costumbre tuya
de tocarme como quien descubre un secreto,
como si mi piel tuviera respuestas
que solo tú sabías encontrar.
Y recuerdo también
el silencio.
Ese silencio cruel
que fue creciendo entre los dos
como una distancia imposible de nombrar.
Porque nos quisimos mal,
aunque nos quisimos mucho.
Nos abrazamos con fuerza
mientras el alma se nos iba rompiendo despacio,
como se rompe una promesa
cuando ya no queda voz para sostenerla.
Éramos eso:
dos corazones tercos,
dos destinos empeñados
en encontrarse
solo para volver a perderse.
Ni contigo encontraba paz,
porque amarte era una batalla
contra mis propios miedos,
contra tus ausencias,
contra todo aquello que jamás supimos decirnos.
Ni sin ti encuentro calma,
porque tu recuerdo persiste
como una canción triste
que suena a medianoche
cuando la nostalgia decide visitarme.
A veces quisiera borrarte.
Arrancar de raíz tu nombre,
vaciar mis noches de tu sombra,
dejar de buscarte
en cada rostro que se cruza conmigo,
en cada perfume,
en cada rincón donde alguna vez reímos.
Pero hay algo de ti
que sigue viviendo en mí.
Quizá sea tu risa
quedándose suspendida en mis recuerdos,
o aquella promesa silenciosa
que hicimos sin palabras
la noche en que creímos
que el amor bastaba.
Qué equivocados estábamos.
El amor no siempre basta.
A veces no alcanza
para curar lo roto,
para cambiar lo inevitable,
para salvar lo que ya viene herido
desde mucho antes de conocerse.
Y aun sabiéndolo,
si volvieras a buscarme
con esa mirada tuya
capaz de derrumbar mis certezas,
seguramente volvería.
Porque hay amores
que aunque duelan,
aunque destruyan,
aunque condenen al recuerdo,
siguen teniendo el poder
de hacer latir más fuerte el corazón.
Tú eres ese amor.
El que no se olvida.
El que no se supera.
El que se convierte en nostalgia
y aprende a vivir
en cada rincón del alma.
Y aquí sigo,
queriéndote a medias,
olvidándote a ratos,
extrañándote siempre.
Condenado a esta forma absurda de sentirte:
ni contigo,
porque nos rompíamos.
Ni sin ti,
porque todavía me faltas.