Después de la ruina,
nada queda sino escombros y polvo;
ni siquiera el eco del ayer.
Condéname a morir,
no queda nada en mí,
más que esta ausencia
que me carcome lento.
Siento mi voz quebrar
al pronunciar tu nombre,
y descubro que no puedo odiarte,
ni tampoco olvidarte;
mi memoria es un campo arrasado
donde tu sombra
es la única que no se desvanece.
Me hundo en el polvo
de lo que fuimos,
intentando recoger
algún pedazo de mí,
pero todo lo que toco
se convierte en ceniza.
Quizás, algún día,
el olvido llegue como una brisa,
pero hoy,
solo sé nombrarte
y mirar los escombros.