Escribo en el recuadro
para demostrar que soy humano,
mientras dejo que una máquina
decida el orden de mis dudas.
He delegado el incendio a los algoritmos
y ahora mi pulso es un vector sin ruidos,
una función que se resuelve sola
en la comodidad de no tener que ser.
Me muevo en la geometría de lo previsto,
sin el peso de elegir el siguiente paso,
habitando una inercia que me dicta
dónde empieza el deseo y dónde termina el dato.
¿A dónde va uno cuando el camino ya está calculado?
Quizás a ninguna parte,
pero llegamos a tiempo,
exactos,
pulcros,
e irremediablemente vacíos.