racsonando

¡Yo amo!

¡Yo amo!

 

Estas líneas aspiran a ser trazo de un poema:

resistencia a la resistencia,

declaratoria de simpatía a la apatía;

canto enarbolado como mirada justa y humana,

frente a la torpeza y la desmemoria colectiva.

(tum… tum…)

Yo amo la lágrima,

la voz, la risa,

el susurro

y el grito,

(voz… risa… grito…)

campanas, viento,

vuelo, brazo, corazón y mano.

Yo amo al hombre:

padre, madre, hijos, hermanos.

Yo amo a los que se atreven —raros—,

semillas de un universo redondo y plano.

Yo amo al sabio y al necio,

al que duda, al que se quiebra,

al que se levanta.

Yo amo al maestro que siembra preguntas,

Yo amo al poeta —loco—

que cultiva utopías,

 Yo amo al político,

sí… 

al que recuerda que el poder es servicio

y no vitrina

donde la mano no lava la otra,

la nombra, la hunde;

(la nombra… la hunde…)

y también al que se pierde en su espejo,

al que olvida la voz del pueblo

y negocia la memoria,

porque incluso en su sombra

se revela la fragilidad y lo mundano.

Yo amo incluso al que no ama,

al que endurece el pecho

y levanta muros de cansancio

 porque también en él tiembla…

tiembla… tiembla… 

escondida… 

escondida…

esta forja extraña… 

forja… extraña… 

de lo humano. 

 

Racsonando Ando / Oscar Arley Noreña Ríos.
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