Alma errante de días grises,
cuerpo herido de abrazos que no fueron hogar,
vas cargando culpas ajenas
como si tu pecho fuera lugar de castigo,
como si hubieras nacido para fallar.
Pero no,
no eres error ni ruina,
no eres el eco de lo que te faltó.
Eres lo que quedó en pie
cuando todo alrededor se cayó.
Te dejaron a la deriva,
como quien juega sin medir el daño,
como si tu historia fuera azar,
como si tu vida fuera un juego
donde nadie quiso apostar.
Y aún así, sigues,
como picaflor cansado
bebiendo ternura en lo poco,
sin exigir, sin romper,
aprendiendo a vivir con casi nada.
Alma errante,
no te apagues.
No dejes que el frío te convenza
de que naciste para doler.
Porque aunque te nombren carga,
aunque te miren sin ver,
habrá ojos que te encuentren
como se encuentra la luz
después de tanto no creer.
Y en esos ojos,
serás hogar.
Serás risa intacta,
serás abrigo,
serás todo lo que un día te faltó.
Niño, niña de pasos solos,
tu historia no termina en el abandono:
empieza en la fuerza invisible
de seguir siendo luz
a pesar de todo.