En tu corteza encontré
motivo para quedarme
grabado en gris tu memoria,
a pesar de tus tentáculos
de tu porte de gigante
de la legión de azulados
cristales, que te rodean,
hubo una rama devota
de la inocencia del hacha
y tus ancestros quedaron
guarecidos en un extremo,
oliendo a piel del oso.
Abro mis brazos
y dejo
que me acaricien tus acículas,
quiero fundirme contigo
en el crisol de los tiempos
y que, enigma de mi suerte,
fuera una vela prendida
en tu alminar verdeoliva.
¿Cuántos lirios habrán
crecido
acariciando tus raíces?
¿Cuántos narcisos formarían
primaveras interminables
de silenciosos arcoíris?
Y cuánta orquídea envidiosa
de tu eterna juventud,
no habrá soñado algún día
en postergar su belleza
en aras de ir contigo
enebrada en una nube,
me abrazo a ti, rectilíneo
rey de las huestes pirenaicas
desafiando a los vientos, a la tempestad,
a las gélidas
palabras
de protección. Tú y yo seremos
testigos de las cuitas que mantengan
las termitas en tu regazo.